Te has dejado la puerta abierta

Lo más normal es que la puerta de nuestra casa esté cerrada. Somos muy celosos de «lo nuestro», siendo nuestro hogar uno de los lugares que mejor guardamos.

No es tanto una cuestión de ser más o menos hospitalarios. Se trata de atreverse a dejar las puertas abiertas para que entre quien quiera. ¿Lo harías? ¿Serías capaz de ir haciendo copias de las llaves de tu casa para regalarlas a cualquiera? A nuestra casa entra quien tiene nuestro permiso porque ha sido invitado. También familiares y amigos elegidos a los que no hay que invitar. Es tanto una cuestión cultural como un planteamiento de precaución lógico. Andamos cada día de aquí para allá interaccionando con otras personas en la calle, en el trabajo o en la escuela. Por eso cuando llegamos a casa queremos saber y sentir que es un lugar «a salvo» de lo que hay ahí fuera.

Vemos con claridad esta separación física «fuera (calle)/dentro (casa)». Pero lo tenemos más difícil para separar lo que dejamos entrar por «otras puertas» a nuestra vida. Esta dificultad viene de la mano de la conectividad permanente de nuestros dispositivos móviles. No hay frontera clara entre lo que puede/no puede entrar ni entre lo que debe/no debe pedir permiso explícito para entrar. 

Todo está organizado de tal manera para que con un solo clic abramos nuestra «casa» y regalemos permisos exagerados. A cambio recibimos algo que en ese momento nos parece muy atractivo o necesario. Puede que haya consecuencias pero no nos parecen tan malas como sorprender a alguien desconocido en el interior de nuestro dormitorio abriendo nuestros cajones.

Así como nos extrañaría que varias veces cada minuto alguien estuviera llamando al timbre de nuestra casa (incluso a pesar de haber dejado la puerta abierta previamente), nos debería extrañar que con esa misma frecuencia nos estén llegando notificaciones y avisos de «cosas» que quieren entrar a nuestro sistema (nuestro cerebro, nuestra vida). Sin darnos cuenta, cada día debemos lidiar con esos cientos de pequeñas llamadas que exigen y demandan una parte importante de nuestro tiempo, nuestra energía y nuestra atención. No nos damos cuenta que al cabo de la jornada, la semana o el año los pueden ser acumulativos y poco recomendables para nosotros. Son muchos empujones para sacarnos del camino…si es que acaso hay camino.

Revisar con frecuencia nuestras suscripciones y seleccionar con rigor qué notificaciones dejamos activadas podrían ser dos recomendaciones básicas para mantener el control y poder decidir el rumbo.

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