Preocupaciones de segunda generación

De regreso a las dificultades que encontramos los seres humanos para modificar nuestras inercias firmemente instaladas, podríamos identificar como causa (una de ellas) la rigidez de los planteamientos de partida. Si las propias definiciones de los conceptos están equivocadas poco o nada podremos avanzar. Surge de nuevo la necesidad de ir a los principios que están debajo de lo que funciona, con independencia de cómo llamemos a los métodos, los trucos, los consejos o los sistemas. Algunos de estos conceptos de partida equivocados podrían ser organización, planificación, gestión de tiempo, …

Tal vez no haya nada nuevo en el concepto de planificación adaptativa. Es lo que el mundo ha hecho toda la vida: luchar por sobrevivir adaptándose a las circunstancias cambiantes del entorno. Puesto que la lucha por la supervivencia nos parece en la mayoría de los casos superada (nos levantamos para estudiar o trabajar pero no para buscar literalmente el alimento ni para atacar una aldea vecina o defendernos de un ataque físico), surgen las preocupaciones de segunda generación, para las que tal vez no estemos bien equipados. Son relativamente nuevas para la mayoría.

Manejar bien estas preocupaciones podría requerir capacidades de segunda generación, entre las que podríamos situar la de generar rumbo, propósito, destino, ikigai,… Hay un esquema general presupuesto con las mejores intenciones para todos (cole-instituto-trabajo,…), y en su recorrido nos encontraremos de manera inevitable con la definición que cada uno debe hacer de su trayecto particular. La «vida» de cada uno, para entendernos.

Todos estamos de viaje aunque no nos hayamos dado cuenta, por muy quietos que nos sintamos. Surge la idea de viaje y destino como sinónimos. Ya estamos donde queríamos llegar. No hay otra. Es un ejemplo básico de fatalismo. Ya estamos aquí, y no elegir rumbo no significa que la marea sobre la que flotamos no nos mueva. No digo que dejarse llevar (suena demasiado bien) sea una mala opción. Hay quien dice que quedarse quieto es alejarse, pero ¿de qué? ¿Acaso sabemos hacia dónde queremos ir?

Estamos a la misma vez de viaje y en destino, como cuando viajamos en autocaravana o en bicicleta. Un mínimo movimiento consciente es necesario, al menos para mantener la función del vehículo que nos lleva o del cuerpo que nos mueve. Y si aceptamos que lo nuestro es viajar, nos conviene preguntarnos qué tipo de equipaje queremos llevar y de qué tamaño. Tal vez aquí también sea bueno elegir mejor y hacer nuestro ese «menos es más» que tan de moda se está poniendo aunque la idea sea más vieja que el hilo negro.

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