¿Qué dolor eliges?

La interacción con vosotros, mis alumnos, es fuente constante de información real acerca de las dificultades que tenéis para sacar adelante algunas de las cosas importantes en vuestra vida. Está bien teorizar y leer sobre estas cuestiones, pero sin “trabajo de campo” todo intento por entender se queda corto. Es una de las cosas buenas que tiene ser profesor. Trabajamos cada día con personas reales en entornos reales.

El otro día tuve una corta, interesante e intensa conversación con uno de vosotros, un alumno de 4º ESO. Es un chico inteligente que a los quince años tiene una vocación clara. Le apasionan las motos. Quiere ser mecánico de motos. Es alguien capaz de identificar un modelo concreto con tan solo escuchar el ruido de su motor. No exagero. Lo he presenciado y no me lo podía creer.

Hablaba en en vestuario con otros compañeros y le oí decir algo parecido a: “… eso será si apruebo. Me veo el año que viene haciendo 4º otra vez.” Lo llamé y hablamos. Le dije, medio en broma medio en serio, que no estaba dispuesto a verlo por mis clases el curso que viene, y que corriendo todavía febrero tenía tiempo de sobra para salvar el curso. Me contestó que no lo veía nada claro. “Hasta yo mismo estoy sorprendido de lo vago que soy, maestro”, me soltó al borde de la emoción. Su preocupación era sincera. “Me pongo y en cinco minutos estoy mirando cosas de motos en el móvil. Sé que tengo que estudiar más, pero no sé si voy a ser capaz”.

Cuando le pregunté qué quería decir con eso de “estudiar más” y qué se le ocurría que podía hacer esa misma tarde para ello, no fue capaz de enunciar una sola medida concreta, una sola acción específica que le ayudara a avanzar en ese sentido, más allá del típico genérico “ponerme y estudiar” que tantas veces no le había servido para nada.

A la mañana siguiente, sin acordarme en ningún momento de esa conversación, di con este vídeo de mi admirado Conor Neill. Y en los primeros ocho segundos ya me había venido el alumno a la cabeza. Hablaba Conor de que es inevitable elegir entre dos dolores. El dolor de la disciplina o el del arrepentimiento. Disciplina para intentar. Arrepentimiento de no haber intentado. No existe vida humana que no pase por uno de esos dos dolores. ¿Cuál preferís? ¿Cuál preferimos?

La disciplina nos habla de una paradoja, de algo que parece contrario al sentido común. La disciplina y su dolor correspondiente le dice a mi alumno que para terminar desmontando y arreglando motos debe olvidarse de las motos y hacer “lo que él ya sabe que tiene que hacer”. Y yo añado, ¿realmente lo sabe más allá de decirlo? ¿Sabrá mi alumno y sabréis vosotros traducir esa buena intención en un compromiso con vosotros mismos que se convierta en ACCIONES CONCRETAS y comprobables? ¿Sabemos, mayores y pequeños, lo que tenemos que hacer más allá de los típicos y genéricos portarnos bien, estudiar más, perseguir nuestros sueños (qué gracia me hace ese), comer mejor, hacer ejercicio y sacarnos el B2 de inglés, por poner algunos ejemplos? Es decir, ¿sabemos, sabéis, lo que tenéis que hacer hoy, esta tarde, ahora mismo, para avanzar en esas cuestiones? ¿Lo tenéis escrito en algún lado? No lo tengo muy claro.

Por eso voy a seguir insistiéndoos en la necesidad de que poco a poco os vayáis “construyendo vuestro propio libro de instrucciones”. Y, en la medida de lo posible, voy a intentar enseñaros. Ya he venido contando aquí (esta entrada y las posteriores) la conveniencia de disponer de un método para gestionar las cosas de nuestra vida. Mi propuesta se basa en GTD, un sistema externo que nos permita tomar mejores decisiones y actuar mejor en un mundo que nos volverá locos al primer despiste, si es que acaso no lo ha hecho ya.

Así que te vuelvo a preguntar: ¿qué dolor eliges? Hay uno de ellos que, otra vez de forma paradójica, se puede vivir con alegría.

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